Diez años. Diez años de viento en la cara, sol en el cogote y la tierra como almohada. Diez años donde mi único 'smart' era saber dónde estaba el charco menos infectado para rellenar la cantimplora, o cómo distinguir el rugido de un lobo del de una moto averiada a kilómetros. Ahora, de repente, todo el mundo habla de cascos 'inteligentes'. ¿Inteligentes? ¡Por todos los diablos!
Mi casco más inteligente fue el que no se partió cuando me llevé de recuerdo un guanaco despistado en la Patagonia, o cuando un ladrillo rebelde decidió saludarme en Bombay. Ese sí era un cerebro protector, un guardián de sueños y de algún que otro diente suelto. Los de ahora, dicen, te dan GPS, comunicación, hasta cámaras y música. ¿Para qué, si ya tengo mi brújula oxidada que me guía al norte de la supervivencia, y la intuición de un lobo viejo para encontrar el camino? Y la música... ¿qué música puede superar el sonido del motor ronroneando y el viento silbando tu propia epopeya?
Dicen que te dan GPS. ¿Para qué, si ya tengo mi brújula oxidada y la intuición de un lobo viejo? Si el mejor consejo que he recibido en la estepa fue el balido de una cabra que me señalaba un camino escondido.
Recuerdo una vez, allá por los Andes, en un paso que ni Google Maps conoce, me perdí más que un pulpo en un garaje. Oscurecía, el frío calaba hasta los huesos y mi único 'GPS inteligente' era el aullido de los pumas y el brillo de las estrellas. Si hubiera tenido un cacharrito de estos diciéndome 'gire a la izquierda', igual me habría llevado por un acantilado de mil metros. Pero mi instinto, ese sí que es un software avanzado y curtido en mil batallas, me llevó a un refugio de pastores que me ofrecieron mate y un colchón de paja. Eso no te lo da ningún casco con pantalla, chaval, eso te lo da la carretera.
Pero no voy a mentir. Hay noches en las que la soledad pesa más que el equipaje, donde un poco de conexión te haría sentir menos a la deriva. Días en los que un 'oído' amigo podría haber evitado una decisión estúpida, o un aviso de tráfico me hubiera ahorrado un susto con un camión sin luces en Pakistán. Quizás no se trata de que el casco sea 'inteligente', sino de que sea una extensión de nosotros, que nos conecte sin desconectarnos de la carretera. No para reemplazar la astucia del viejo lobo, sino para afinarla un poquito. Para darnos un extra, una capa más de protección, sin quitarnos lo esencial: la libertad y el desafío.
La Verdadera Inteligencia de la Carretera
Así que sí, los cascos inteligentes son el futuro, dicen. Y yo, que he visto el futuro pasar por el retrovisor mil veces, no les quito el mérito. Pero recordad, moteros: la cabeza que va dentro de ese casco sigue siendo la que tiene que pensar. Y esa, mis amigos, no tiene botón de encendido y apagado. Se nutre de polvo, de experiencia, de algún que otro golpe bien dado y de la sabiduría que solo la vida a dos ruedas te puede dar. Que el casco te dé datos, que la carretera te siga dando lecciones, y que vuestras neuronas sigan siendo el mejor navegador. Y siempre, siempre, llevad un buen machete. Por si la tecnología falla, o por si la jungla te llama.